Por un momento, los pasmados tripulantes de la lancha quedaron inmóviles , y luego se volvieron:
--¿Y el barco? ¡Gran Dios! ¿Dónde está el barco?
Pronto, a través de una confusa y enloquecedora niebla vieron su escorado fantasma que se desvanecía, como en la gaseosa fata morgana, sólo con los extremos de los mástiles fuera del agua, mientras, clavados por infatuación, o fidelidad, o fatalidad, a sus nidos antes elevados, los arponeros paganos seguían manteniendo sus vigilancias, sumergiéndose, sobre el mar. Y entonces, círculos concéntricos envolvieron a la propia lancha solitaria, y a todos sus tripulantes, y a todo remo flotante, y a toda asta de lanza; y haciendo girar todo, con cosas animadas e inanimadas, alrededor de un solo torbellino, se llevaron de la vista hasta la más pequeña astilla del Pequod.
Capítulo CXXXV