Pero ocurrió por casualidad que esas lanchas, sin ver a Pip, al observar de repente unas ballenas cercanas por un lado, viraron y emprendieron la persecución, y la lancha de Stubb ya estaba tan lejos, y él y sus tripulantes tan atentos a su pez, que el anillo del horizonte de Pip empezó a ensancharse a su alrededor de modo lamentable. Por puro azar, el propio barco le salvó por fin; pero desde aquella hora el negrito anduvo por la cubierta como un idiota; o al menos así dijeron que estaba. El mar, burlonamente había conservado su cuerpo finito, pero había ahogado el infinito de su alma. No la había dejado ahogada del todo, sin embargo. Más bien se la había llevado viva allá abajo, a maravillosas profundidades, donde extrañas formas del intacto mundo prístino se deslizaban de un lado para otro ante sus ojos pasivos; y donde la avara sirena Sabiduría revelaba sus tesoros amontonados; y entre las eternidades alegres, sin corazón y siempre juveniles, Pip veía esos animalillos, como los del coral, multitudinarios y divinamente omnipresentes, que elevaban las colosales esferas desde el firmamento de las aguas. Veía el pie de Dios en la cárcola del telar, y lo decía; y por eso sus compañeros lo llamaban loco. Así la locura del hombre es la cordura del cielo; y alejándose de toda razón mortal, el hombre lega al fin a ese pensamiento celeste que para la razón es absurdo y frenético; y para bien o para mal, se siente entonces libre de compromiso e indiferente como su Dios.

                                                    Capítulo XCIII

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