Vistos, pues, desde la cubierta del Pequod, al levantarse éste en una colina alta del mar, esa hueste de chorros vaporosos, elevándose y rizándose por separado en el aire, y observados a través de una atmósfera fundida de neblina azuladas, parecían las mil alegres chimeneas de alguna densa metrópolis, observada en una aromada mañana otoñal por un jinete desde una altura.
Como unos ejércitos en marcha, al acercarse a un hostil desfiladero de la montaña, aceleran la marcha, ansiosos todos de dejar atrás ese peligrosos paso, y después vuelven a extenderse por la llanura con la relativa seguridad, así, igualmente, esa vasta flota de cetáceos parecía ahora apresurarse a pasar el estrecho, reduciendo poco a poco las alas de su semicírculo, y nadando en un bloque macizo, aunque aún en forma de media luna.
Capítulo LXXXVII