Mientras que toda su atención estaba absorvida, el parsi se arrodillaba abajo, en la cubierta del barco y, con las cara vuelta hacia arriba, como la de Ahab, observaba el mismo sol con él, solo que los párpados de sus ojos medio recubrían sus órbitas, y su salvaje rostro estsba sometido a un desapasionamiento terrestre. Por fín se tomó la observación deseada; y con el lápiz en su pierna de marfil, pronto calculó Ahab cuál debía ser su latitud en ese momento exacto. Entonces, cayendo en un rato de ensueño, volvió a levantar la mirada al sol, y murmuró para sí: "¡Tú, señal del mar; alto y poderoso piloto! Tú me dices de verdad dónde estoy, pero ¿puedes darme el más leve indicio de donde estaré? ¿O puedes decirme dónde vive ahora otra cosa que no soy yo? ¿Dónde está Moby Dick? En este momento debes momento debes mirarle. Estos ojos míos miran al mismo ojos que ahora mismo le mira; sí, ¡y al ojo que ahora mismo observa igualmente los objetos que están en el desconocido lado tuyo de allá, oh sol!
Capítulo CXVIII