El proyecto que aquí se presenta no se articula desde un territorio, sino desde la
radicalidad del medio líquido. El océano se presenta como un continuo sin fronteras
políticas, donde toda forma se transforma y ninguna identidad permanece. No se trata
de cartografiar un lugar, sino de pensar desde el flujo, desde aquello que no puede ser
poseído ni delimitado.
La investigación se articula desde el azul como condición material y epistemológica.
Siguiendo a Bachelard y Melville, el azul profundo del océano no afirma la identidad,
sino que la descompone: envuelve al sujeto, lo descentra, lo priva de control. En la
profundidad no hay estabilidad ni forma fija; hay descenso, disolución y suspensión de
la soberanía humana. El azul no es color ni paisaje, sino una experiencia de pérdida de
centro.
El cuerpo de la ballena se sitúa aquí como eje oceánico y material. No como figura
simbólica aislada, sino como cuerpo atravesado por temporalidades no humanas y por
una historia compartida de violencia. La grasa —materia estructural del cuerpo de
muchas especies de cetáceos— ocupa un lugar central en esta investigación. No solo
garantiza flotabilidad, sino que funciona como medio acústico: condición material para
la transmisión del sonido y para los sistemas de ecolocalización y comunicación. El
cuerpo graso de la ballena puede pensarse así como una interfaz sonora, un dispositivo
relacional que articula orientación, percepción y mundo.
Esta misma materia fue uno de los motores energéticos fundamentales de la
modernidad industrial. El aceite de ballena sostuvo la iluminación urbana y la expansión
técnica, inscribiendo el cuerpo oceánico en el núcleo de la Revolución Industrial. La
transformación del cuerpo de la ballena en recurso impuso un régimen de orientación
basado en la verticalidad, la iluminación y el control, ajeno a la lógica inmersiva del
medio oceánico.
Desde la indeterminación del azul emerge la figura del héroe como gesto de orden y
separación. Hércules, hijo de dioses, encarnación de la medida y la fuerza, eleva su
arquitectura vertical y dispositivo de iluminación: un faro primitivo que intenta
hacer visible aquello que resiste ser visto. La torre no solo orienta, sino que jerarquiza;
impone un punto de vista elevado desde el cual el mundo puede ser nombrado,
dividido y dominado. Su enfrentamiento con Gerión no constituye únicamente una
hazaña, sino una operación simbólica sobre un linaje oceánico. Nieto de Océano por vía
de la oceánide Calírroe y descendiente de Medusa a través de Crisaor, Gerión
concentra en su genealogía lo fluido, lo múltiple y lo monstruoso, aquello que desborda
la racionalidad heroica y ha sido históricamente asociado a lo indómito y a lo femenino.
Al vencerlo, Hércules no somete solo un cuerpo, sino una forma de existencia ligada a la
profundidad, a la oscuridad y a lo no delimitable, reafirmando la voluntad humana de
ordenar y extraer sentido allí donde el medio se resiste a toda fijación.
Frente a la lógica inmersiva del cuerpo oceánico, la figura del héroe no se erige
únicamente como oposición, sino como fijación obsesiva. El héroe necesita nombrar lo
fluido como amenaza para afirmarse. Hércules encarna este régimen de orientación visual y
extractivo, en el que la violencia no clausura el conflicto, sino que lo reproduce: lo
monstruoso no desaparece, se estabiliza como objeto de persecución reiterada. Desde
el punto de vista del cetáceo, podemos suponer que esta figura heroica no se presenta
como adversario ni como sujeto reconocible, sino como fuerza de interrupción inscrita
en el medio: un evento acústico antes que visual, una distorsión material que irrumpe
como ruido, desorientación y extracción, reorganizando las condiciones mismas de
existencia. En este sentido, el héroe no solo persigue a la ballena, sino que transforma
el océano de medio relacional en espacio de captura, inscribiendo el mito de la
dominación en la materialidad del mundo oceánico. Ahab, Hércules, Ulises, todos son
uno.
En el Atlántico, esta lógica —mítica y material a la vez— adquiere una densidad histórica
específica: ruta central del comercio esclavista, escenario clave de la caza ballenera
industrial y, en la actualidad, espacio afectado por una intensa contaminación acústica y
química. Siguiendo a Glissant, el océano no funciona como frontera ni como
vacío, sino como medio relacional, donde las historias humanas y no humanas se
entrecruzan y sedimentan. Este cruce configura un trauma interespecie, entendido no
como metáfora, sino como condición material de supervivencia en un medio
históricamente violentado.
Frente a este régimen de visibilidad, el proyecto propone un desplazamiento de la
mirada hacia la escucha, entendida como práctica ética y metodológica. La escucha
plantea el gesto inverso al heroico: no aclarar el medio, sino habitar su opacidad,
atender a aquello que no se ofrece a la visión y persiste como vibración en la
profundidad. Allí donde el héroe se protege del sonido —como Ulises atravesando el
canto de las sirenas sin dejarse afectar— la escucha que aquí se propone acepta la
exposición, el riesgo y la pérdida momentánea de orientación. En diálogo con Alexis
Pauline Gumbs, la ballena aparece como maestra de respiración, de orientación y de
persistencia, ofreciendo claves para pensar la vida en condiciones de violencia
continuada.
Aunque el trabajo parte del Atlántico y se desplaza hacia el Pacífico, el trabajo no establece
una lógica territorial fija. Corrientes, sonidos y memorias nose estabilizan: fluyen, se transforman, se repiten sin repetirse. El azul, en este sentido, no
nombra un lugar, sino una condición compartida: la de un mundo en devenir constante,
donde lo humano deja de ocupar el centro y donde la escucha se abre como forma de
relación con aquello que persiste en la profundidad.